Era una tarde de otoño en Tokio...
Era mucho lo que ella había abandonado por él, su trabajo, su carrera, su familia, sus estudios, sus sueños...
Por mucho que amara a ese hombre, se había perdido a ella misma.
Las lágrimas caían de sus negros ojos irradiaban dolor y rabia porque...
- ¿como se atreve a reclamar amor?, acaso los sueños que he dejado las cosas que he tirado a la basura. Me dice que no lo quiero, me reclama y he sido hasta hoy la mujer de sus sueños, pero estoy empezando a despertar.
Ellos se amaban compartían minutos del día juntos, él llegaba cansado del trabajo, de parrandear con sus amigos, la vida le ha empezado a carcomer los años.
- Reclama que no lo quieren que no hay cariño, que las mujeres de afuera lo tratan mejor que en la casa. Ellos nunca podían pasar una semana sin discutir los rencores se apoderaron de su alma. Ella dormía 4 horas al día por atender los gustos del príncipe y no veía si no era por sus ojos. Pasaron muchas noches de invierno en los extremos opuestos de la casa, como si el frío de la época no fuese suficiente, acabaron de congelar sus corazones. En el verano planeaban vacaciones que nunca se cumplía porque él vivía para su trabajo y aún así...
- Me reclama amor, cariño. No le basta las tardes que dejé mis cosas por estar a su lado, las noches que abandone una tertulia diferente de la rutina diaria por solo hacerle compañía. Las veces que soporte ridículos con tal de ser lo que el creía era perfección. Aún así me reclama amor, debo dejar mis maletas en la puerta y llamar a un taxi antes que lo ame otra vez...
El imponía y ella aceptaba y hacía maravillas cuando el dinero no alcanzaba para no ver su cara de ira si este se dispalfarraba, cuando la verdad era que el no percibía los gastos de la casa, la subida de precios y seguía apoyando a un gobierno que lo único que había hecho era ponerle trabas en la vida!
Ellos solían ser el modelo de familia perfecta, todos aplaudían el amor que se tenían aunque a puertas cerradas los corazones que en primavera florecían poco a poco se deshidrataban, los años no pasaron en vano y ella abrío los ojos.
Como sabía que debía abandonarlo llamo a un taxi, sabía que sin él no podría vivir y sus sueños a su edad eran una vana fantasía.
El chofer se paro en la puerta y se bajó con unas tristes florecitas.
-Amor...
Ella, jaló el gatillo y se mató.